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Vivienda propia y jubilación

José Tomás Gómez

Vivienda propia y jubilación

El supuesto no visible del estado del bienestar

En el dintel de la entrada de la Casa Museo de Félix Lope de Vega, en el barrio de las Letras de Madrid, podemos leer la siguiente inscripción: “PARVA PROPRIA MAGNA / MAGNA ALIENA PARVA”, (“que propio albergue es mucho, aun siendo poco/ y mucho albergue es poco, siendo ajeno” en traducciótraducción de Calderón). El hecho de que nuestro más prolífico autor eligiera este sencillo apotegma como bienvenida a su morada, puede albergar un mensaje no únicamente literario o moral, sino también económico.

Volvemos estos días a hablar de las pensiones de jubilación, y tal vez sería de interés subrayar un hecho que a menudo pasa desapercibido. Prácticamente la totalidad de los ciudadanos reside, al finalizar su vida laboral, en una vivienda propia. Es decir; la organización social, económica, fiscal y urbana del país ha permitido a la población financiar su propia vivienda a lo largo de su periplo laboral, pero… ¿qué ocurriría si un jubilado español hubiera de detraer de su pensión una renta de alquiler?

Venimos escuchando en los últimos años mensajes de expertos, economistas y gobernantes, aconsejando la vía del alquiler frente a la compra de la vivienda, escudándose principalmente en los ratios de países como Alemania o Suiza, y considerando esta propuesta como un avance social. Atendiendo a estos argumentos, además del miedo al paro y a los desahucios, gran parte de la población está posponiendo e incluso descartando la posibilidad de adquisición de una vivienda propia, De esta manera, los ahorros de esta población se destinarán a depósitos y a fondos que a su vez invertirán en inmuebles que alquilarán a estos ciudadanos. No es fácil comprender cómo puede considerarse más eficiente una mayor concentración de la propiedad de las viviendas frente a la distribución que actualmente se da en nuestro país.

Adquirir una vivienda para residencia habitual en una zona urbana, a un precio razonable, para amortizar la compra aproximadamente en unos veinte años, coincidiendo con máximo apogeo laboral (entre los 30 y 50 año de edad), mediante una proporción equilibrada de las rentas del trabajo, es una decisión económica racional.

El aumento de la oferta en alquiler proporciona grandes ventajas para la movilidad laboral, las necesidades de la juventud, o los cambios de relación familiar a lo largo de la vida. Pero al incrementar la proporción de alquiler frente a compra no se debe buscar aumentar el número de ciudadanos que viven en régimen de alquiler, sino el tiempo a lo largo de su vida que residen con esta modalidad, siendo deseable que sea siempre limitado.

La compra de una vivienda para residencia propia supone una gran responsabilidad, en la medida en que generalmente se hace con recurso a financiación, pero también supone un mayor compromiso con la comunidad en la que se habita, supone un mayor interés por el devenir de los servicios y el entorno urbano en que se reside. Una vivienda propia incentiva también a su cuidado, mantenimiento y mejora a largo plazo, y por ello es más eficiente económica y ecológicamente. Por ello, la adquisición de la vivienda de residencia debe ser considerada un bien a proteger.

Incluso desde el punto de vista financiero, y aunque dé la impresión que no es así, la inversión en una vivienda urbana ha sido mejor de lo que parece a simple vista. Así, según el INE, el valor de una vivienda residencial en áreas urbanas ha tenido mejor comportamiento desde 2007 hasta la actualidad que el IBEX 35, por no hablar de aquellos ahorradores conservadores que eligieron preferentes.

Tal vez aquellas personas que consideraron la vivienda como un valor líquido para invertir erraron en su apreciación, pues como es evidente, la cualidad de la vivienda no es su liquidez, sino su solidez y tangibilidad, además del valor de uso presente y futuro, puesto que la vivienda es uno de los activos con más largo periodo de usabilidad.

Por otro lado la vivienda propia es uno de los escudos de una de las franjas más vulnerables de nuestro mercado laboral, las personas entre 55 y 65 años. En la actualidad, muchos de estos ciudadanos se encuentran a esta edad con una vivienda propia, sufragada a la largo de su vida laboral ¿Qué ocurriría si estos trabajadores con grandes dificultades de acceso al mercado laboral tuviesen que detraer de las prestaciones de desempleo una renta de alquiler?

No es posible hacer una propuesta de la proporción de alquiler frente propiedad comparando con otros países, sin tener en cuenta la relación entre prestaciones sociales (desempleo, pensiones) frente a la renta de alquiler, tan desfavorable en España. Por eso la racionalidad económica aconseja en nuestro país, destinar los ahorros a esta compra frente a otras opciones financieras.

La mejor política de pensiones para el futuro es mantener incentivos para que, a lo largo de su vida laboral, los ciudadanos adquieran y financien su propia vivienda. Contrariamente a las disyuntivas teóricas sobre los sistemas de capitalización y reparto, las rentas actuales de los jubilados vienen de un sistema mixto; de reparto, a través de pensión, y de capitalización, a través de la vivienda propia, que proporciona una renta derivada de la inversión que se hizo en la vida laboral. Si en el futuro los trabajadores no adquieren una vivienda a lo largo de su ciclo laboral, la seguridad social debería financiar también un monto similar al alquiler, para mantener un nivel de vida similar al actual en el periodo de la jubilación.

Realmente, nuestro sistema de adquisición y distribución de la propiedad de las viviendas es un supuesto no explícito del estado del bienestar, pero de gran importancia. El bienestar de un jubilado viene dado además de la cuantía de su pensión, por la calidad y accesibilidad del sistema sanitario y por haber completado, a lo largo de su ciclo laboral, la adquisición de la vivienda de residencia.

Si se anima a los ciudadanos a eludir la inversión en vivienda propia, o distintos condicionantes económicos, sociales, etc., hacen desistir a éstos de tomar esta decisión y destinar su ahorro a otros fines, nos encontraremos en unos años con un nuevo capítulo de “Todo lo que era sólido” y Muñoz Molina tendrá que retratar un nuevo retroceso en nuestra historia cuando pasen veinte años.

La tesis de este microensayo -Javier Gomá me perdone-, concluye que el fomento de la adquisición por los ciudadanos de una vivienda como residencia es un opción de progreso y que debe apoyarse política, fiscal y socialmente. Félix Lope de Vega también nos puede aleccionar además de en el amor, el enredo, la intriga y el poder, en la economía.

José Tomás Gómez es ingeniero de caminos